19 - Casona
Me resultaba inverosímil estar sentado frente a tanta comida, no dejaba de pensar que todo lo que había en ese gran comedor podría sustentar a mi familia, por todo un mes, en este caso se trataba de un simple almuerzo.
Pasaron quince minutos desde que nos sentamos a comer, aunque para mí el tiempo se había dilatado desde que pisé los terrenos del rancho.
Sobre la mesa se veían platos con caldillo de carne seca, un par de jarras de limonada fresca, lechón en sus jugos, barbacoa de borrego y otros platillos que ya ni siquiera tenía ganas de mirar. Todo tenía la pinta que uno encontraría en el contenido de una revista gastronómica, a pesar de eso no pude pasar de una quinta cucharada, ni siquiera logré terminar con el vaso de limonada. Bien pudo tratarse de mi incomodidad, de las constantes miradas que sentía clavándose en mi cabeza, o del maldito aroma floral que inundaba cada rincón del comedor. ¿Qué sucedió con la pestilente humedad que recordaba, el olor encerrado y el picor causado por el alcanfor? Ni siquiera los ventanales abiertos parecían dejar circular el aire, mil veces preferiría estar entre la mierda de los corrales.
Mamá siguió elogiando el sabor de la comida, repetía cada tanto que la comida le daba regresiones de cuando era niña; ¿no se suponía que cada recuerdo que tenía de ese lugar de alguna forma resultaba en un trauma? Yo mientras tanto seguía sintiendo como si hubiera masticado tirillas de opalina con muestras de perfume. Cada bocado lo percibía terroso, extraño. ¿Cómo era que nadie más sentía ese sabor a culo?
Una de las domésticas apareció cargando una charola llena de buñuelos. Apenas los colocó en la mesa los niños se abalanzaron sobre ellos, pero ninguno llegó a tocar nada por el respingo que dieron ante el azote de la mano de la abuela contra la mesa.
—Nadie toma nada hasta que no vea sus platos vacíos —demandó.
Todos, incluyendo a mi hermano, volvieron a sus lugares para terminar sus raciones, sin alegar nada.
En definitiva, el niño sentado al lado de mamá se trataba de alguien diferente, no era el Rafael que conocía. Mamá y yo batallábamos no solo para que comiera saludable, sino para que comiera en sí pues tenía la maña de dejar el plato a medias. En contraste, después de las palabras de la abuela, Rafael terminó sus alimentos en segundos, casi atragantándose. Mostró el plato vacío con orgullo antes de hacerse con el buñuelo más cercano a él.
A pesar de las sonrisas exageradas de todos los presentes, no podía ignorar el recuerdo de la última vez que estuvimos ahí, como nadie cruzó más de diez palabras con mamá durante la semana que visitamos el pueblo. Ahora era como si nadie le hubiera hecho la ley del hielo a mamá por más de veinte años. A Rafa, quien fue ninguneado desde su nacimiento era tratado por la abuela como si fuera un rey.
Todo era tan irreal, tan... incómodamente perfecto. ¿Me perdí de algo ayer?
Incluso consideré la ridícula idea de que todo se trataba de una broma de reality show. Casi podía imaginar a los camarógrafos apareciendo y riéndose de nosotros mientras la abuela, con una sonrisa extendida nos preguntaba: ¿En serio fueron tan idiotas para creer que los recibiría con los brazos abiertos?
La misma doméstica que llevó a la abuela al comedor se acercó para rellenar los vasos, tuvo intención de hacerlo con el mío aunque para ese punto el contenido de mi vaso ya era más agua diluida que nada. Le llamó la atención mi plato casi intacto.
—¿Sucede algo con la comida, joven? —preguntó.
La abuela dio la impresión de escuchar a la doméstica.
—No, nada —me excusé—, solo no tengo mucho apetito.
—Puedo pedir que le preparen algo algo diferente, lo que quiera.
—No, estoy bien, en serio.
Tomé una servilleta para limpiar los mocos de mi nariz, por enésima vez.
—¿Quiere que le traiga un antigripal? —volvió a preguntar. Sacudí mi mano en negación, tratando de dar a entender que me dejara en paz—, también podría prepararle un té de jengibre con limón. Es normal que los visitantes resientan el clima de Zan Mar Tyn.
—¡Chingado!, ¡que estoy bien! —exploté, elevando mi voz más de lo necesario.
Ya no podría haber duda de que las miradas estaban sobre mí. El eco de mi voz quedó suspendido en un incómodo silencio. Los ojos que más me pesaron fueron los de mamá, quien de inmediato trató de continuar su conversación con Raquel, la esposa de tío Ignacio, y Homero, su otro hermano, y una puta sabrá de qué mierdas podrán estar hablando.
—Permítame llevarme su plato entonces—dijo la mujer antes de tomarlo y encaminarse a la cocina.
Tamborileé los dedos sobre la madera mientras aparecía de nuevo el incómodo cosquilleo que anunciaba un estornudo. No aguanté mucho antes de levantarme de la mesa, aunque no pude moverme pues mamá me tomó de la muñeca y me obligó a mantenerme sentado.
—¿A dónde crees que vas? —susurró de forma severa.
—Afuera, necesito aire —respondí tratando de ponerme de pié, otra vez, pero su fuerte agarre me lo impedía.
—Ni siquiera probaste tu plato.
Aquella frase me arrancó una risotada.
—Vaya, ¿acaso esto es un déjà vu?, ¿dónde más habré escuchado esto el día de hoy? —pregunté con ironía.
Mi madre endureció el rostro al igual que su agarre. Mi mano y dedos se fueron acalambrando.
—Oye, eso duele.
Logré zafarme gracias al sudor en mi mano, observé sorprendido la impresión de los dedos de mamá que quedó en mi piel. ¿Desde cuando mamá tenía tanta fuerza?
—¿Qué crees que dirá la abuela? —siguió susurrando.
—¿De aquí a cuando te importa lo que piense ella? —cuestioné, todavía consciente del volumen de mi voz.
Con un fuerte carraspeo, la abuela Isabel llamó la atención desde el otro lado de la mesa.
—¿Sucede algo, cariño? —preguntó con aire preocupado, a pesar de eso se notaba algo de teatralidad de su voz.
«¿¡Cariño!?, ¿le dijo cariño?»
El dolor en mi cabeza de pronto se volvió insoportable.
—No, nada, todo bien, mamá —aseguró con una sonrisa perfectamente fingida.
Quise tomar la oportunidad para largarme de ahí, pero justo mi hermano saltó de su silla y se acercó sosteniendo otro buñuelo entre sus manos.
—¿Puedo ir afuera? —preguntó. Su sonrisa volvía a verse azucarada.
—Claro —respondió mamá—, pero recuerda no entrar a las caballerizas.
Le limpió a Rafa las comisuras de sus labios antes de que este se apresurara a salir seguido por los otros niños de la familia. Ni siquiera sabía el nombre de ninguno, pero por lo visto Rafa no tardó nada en socializar.
—Resulta increíble que tu hermano se esté comportando mejor que tú —reprochó mamá, otra vez en voz baja.
Mi paciencia llegó a su límite.
—¡Bien!, excelente, por fin tocas un tema de interés —a este punto ya ni me importaba que me escuchara todo el pueblo—. ¿Quieres hablar de Rafa?, hablemos de Rafa, pero no aquí.
Dicho eso, me levanté y me encaminé hacia el exterior del comedor a base de zancadas.
Ya en el pasillo terminé recargándome en uno de los enormes ventanales que daban al jardín. Con un poco de aire fresco las palpitaciones de mi cabeza fueron cesando segundo a segundo. Cerré mis ojos durante un momento, y traté de serenar el huracán de pensamientos que no dejaba de azotarme desde la mañana.
Tal como frente a la casona, afuera del ventanal se veían otros naranjos, arbustos de lavanda y hierbaluisa, todo en conjunto daba un frescor natural que se sentía cada que inhalabas, con unas cuantas respiraciones profundas logré borrar hasta el último rastro de la peste del comedor.
Logré divisar a mi hermano jugando a las escondidas con los otros niños, aun con la distancia era capaz de identificar su risa, se le veía oculto tras una enorme maceta de piedra. Podré sonar pesimista, pero aquello era algo que jamás creí llegar a presenciar, Rafa jugando en el exterior como cualquier otro niño.
Saqué mi celular, quería tener un vídeo de evidencia, aun no lograba deshacerme de la desconfianza, de repente seguía pensando que todo podría tratarse de un sueño que terminaría por desvanecerse.
Me distraje con las imágenes de la galería, con el mismo archivo dañado que todavía estaba presente en mi carpeta de imágenes. «¿Pasará lo mismo si grabo a Rafa?, ¿aparecerá algo extraño cuando lo vea después?»
La figura de mamá apareció caminando al otro extremo del pasillo. Su rostro se veía acartonado por una mueca de irritación.
—¿Qué es lo que te pasa, Miguel? —preguntó aún a unos metros de distancia.
Con mi mirada todavía fija en el exterior señalé con el mentón a mi hermano, se le veía corriendo tras una de las hijas de Homero.
—¿Cuánto más seguiremos fingiendo que Rafa parece que nunca ha padecido fibrosis quística?
A mi pregunta le siguió un largo silencio. Mamá se recargó en el espacio libre junto a mí.
—Solo fue un baño y estos fueron los resultados.
Tardé unos segundos en reaccionar pues creí que había escuchado mal.
—¿Qué baño?
Se le veía morderse los labios, como si se le dificultara encontrar las palabras correctas.
—Antes incluso de que existiera la idea del viaje a Zan Mar Tyn, tu tía Susana ya me había mencionado vagamente lo que ocurrió en las minas.
—¿Pero qué tiene que ver eso con Rafa?
—Déjame terminar —dijo antes de dar una profunda respiración—. En ese entonces no presté mucha atención pues fue en una de esas llamadas que tu tía insistía en hacer de vez en cuando, recuerdo que mencionó la supuesta aparición del ángel y como con los meses se iba volviendo noticia vieja, lo único que seguía en las noticias fueron las protestas de los trabajadores despedidos. Todo eso se olvidó cuando alguien descubrió que las aguas del río que salía de la galería “sanaba” a la gente. Poco a poco los enfermos tomaban la decisión de bañarse sin importar las frías temperaturas que a veces tenía el agua, no importaba la enfermedad que se padeciera, la gente volvía sana en cuestión de días, como si nunca hubieran padecido nada. No tardó mucho en que la voz se corriera fuera de Zan Mar Tyn.
Mi mirada no se despegaba de mamá, me era como si de pronto estuviera hablando en otro idioma.
—Insisto..., ¿qué... tiene que ver todo eso con Rafael? —pregunté, aunque ya me olía la respuesta.
Crucé con la mirada café tostado de mamá, y gracias a la iluminación natural por un instante logré apreciar una sutil dilatación en sus pupilas. Mi garganta se sintió tan seca que me fue difícil tragar saliva.
«Sus ojos no estaban así antes, ¿o sí?» me pregunté.
—Ayer Susana nos llevó a esta zona fuera del pueblo, el dichoso río donde casi todas las noches se realizan un rituales de sanción. Hasta que no lo vi me era imposible creer que hubiera tanta gente haciendo fila, la que vimos desfilar cuando llegamos al pueblo.
Me fue imposible no soltar una carcajada.
—¿Me estás diciendo que Rafael se curó de su enfermedad con un sucio riachuelo? —mi voz no lograba decidirse entre si mostrar irritación o incredulidad.
—Yo tampoco me la creía cuando lo escuché de mi hermana. Pensaba que solo se trataba de otra excusa para convencerme de visitarla, pensaba que una vez hubiéramos llegado aquí dejaría de contar esas tonterías, pero volvió a insistir en llevar a Rafa, decía que necesitaba verlo con mis propios ojos. Y pues... —ahora era ella quien señalaba a mi hermano quien se le veía oliendo flores, algo que nunca antes había podido permitirse—, ahí lo tienes, he intentado hacerme de alguna otra explicación… En la mañana casi no lograba contener mi histeria, estuve a nada de llamar a la doctora Galinda, pero Susana me calmó a tiempo. ¿Qué explicación le iba a dar si me hubiera contestado?, ¿que voy a decirle cuando nos presentemos en la próxima consulta?
Mamá notó que me volvía a escurrir la nariz y sacó unas servilletas de su bolsillo, una costumbre arraigada por mi hermano, llevar pañuelos a todos lados. Hizo el movimiento de querer limpiarme la nariz ella misma pero la aparté y tomé la servilleta.
—Deberías acompañarnos, si un simple riachuelo fue capaz de curar una enfermedad crónica imagina lo que podría hacer con tu alergia.
La idea de un río mágico era ridícula, más aún saliendo de boca de una mujer quien años atrás fue catedrática de universidad. ¿Cómo era posible que estuviera perjurando tales sandeces? Aunque con solo ver jugar a mi hermano, verlo reír y gritar a todo pulmón provocaba que todas mis ideas colisionaran dejándome con más dudas que respuestas.
Sabía bien que mamá era una mujer devota a la fe, pero jamás creí que tomaría en serio esta clase de "milagros".
El molesto dolor de cabeza me había vuelto a aparecer.
—No tengo alergia —respondí después de sonarme la nariz—, es ese horrible perfume que no me deja respirar, creía que solo era algo en el departamento de tía Susana, pero ya empiezo a suponer que cada rincón de Zan Mar Tyn usan el mismo limpiador culero.
Las frente de mamá se arrugó en duda.
—¿De qué hablas?, el limpiador que usa tu tía es el mismo que usamos nosotros en casa, brisa marina, y aquí creo que usan uno de pino, ambos muy suaves.
—Pues preferiría estar oliendo caca de caballo —dije después de quedarme sin argumentos.
Ahora mamá mostraba una mueca de preocupación.
—Supongo que esa habrá sido la razón por la que plantaron tantas flores aromáticas, para cubrir el aroma de las caballerizas. Los Salazar pasaron de dedicarse a la minería a la cría y venta de caballos y ganado pura sangre. ¿No será eso lo que te molesta?
—No, no me refiero a las flores ni a los limpiadores, es aquí adentro..., en todas partes de hecho. Como algo talcoso... ¿En serio no huelas nada? —cuestioné irritado.
Mamá negó con la cabeza.
«¿En serio yo era el único que lo olía?»
También estaba el hecho de que nadie parecía notar esos ojos vidriosos que mostraban algunos de vez en cuando.
Apreté los ojos y sacudí mi cabeza en un intento inútil de desaparecer la bola de patrañas que saltaban entre mis ideas.
En algún lugar llegué a leer que la edad entre los veinte y treinta años es cuando comienzan a presentarse los primeros síntomas de enfermedades mentales.
—En serio necesito buscar un psiquiatra cuando regrese… —susurré a mis adentros.
—¿Qué?
—Nada, pensé en voz alta.
Hubo un breve silencio entre los dos que se interrumpía por los gritos y carcajadas de los niños jugando en el jardín.
—Migue... trata de llevarte bien con todos, al menos lo que resta de la semana. No te pido que finjas, pero intenta ser amable, sobre todo con la abuela.
¿Amabilidad?, ¿abuela?, no me hacía sentido la relación entre esas dos palabras, y escucharlas juntas solo sirvió para que mi verborrea contenida saliera a presión.
—¿Por qué de pronto ese interés en volvernos una familia extendida?, ¿ya olvidaste como nos trataron con lo de papá?, te desahuciaron incluso antes de tu boda, y ni siquiera mostraron un mínimo interés cuando enfermó Rafa…
—Justo por eso es este viaje, Miguel.
—¿Qué…?
—A finales de enero me llegó la notificación de que nuestro seguro médico expirará a mitad de año, junto con la incitación de renovarlo, hay un montón de cambios en sus políticas.
—Mamá —la tomé del hombro—, si necesitas dinero sabes que cuentas conmigo, pediré que me incluyan en los turnos de fin de semana si aun falta…
—El seguro ya no cubrirá los tratamientos de tu hermano —su voz rebotó en cada esquina de mi cráneo y al principio fui incapaz de comprender sus palabras.
—¿Cómo...?
—También el tipo de medicación dejará de estar incluido en el servicio a menos que contratemos otro tipo de plan, uno que es imposible de costear.
—Pues... contratamos uno nuevo —afirmé sonriendo, intentando suavizar la tensión que de pronto había caído sobre nosotros—, debe haber otro que lo cubra.
Mamá negó con la cabeza.
—¿Volvemos a solicitar un apoyo del gobierno?
—Ese era el más económico y el único que podíamos pagar —cada frase la sentía como baldes de agua fría.
—Con la situación que se está viviendo con las guerras de occidente muchos subsidios se han visto recortados —justificó mamá—, si llegásemos a alcanzar apoyo de seguro sería hasta dentro de varios meses, sabes que Rafa no puede pasar mucho sin sus medicinas, y ya sabes cuánto cuesta la más barata.
Entre las tantas veces y farmacias en las que recogí los medicamentos de mi hermano llegué a ver cuánto costaba cada uno de ellos, con mi sueldo y el de mamá muy apenas podríamos completar alguno , y eso sin contar las terapias y consultas.
Las escuelas deberían de incluir una materia en la que te expliquen lo difícil que puede ser la vida adulta... la vida misma. Madurar está lleno de miseria.
—Tu abuela accedió a arreglar nuestras diferencias, me aseguró que modificará el testamento y que se encargará de costear los gastos de Rafa en todo lo que se necesite.
Abrí la boca dispuesto a soltar un argumento junto con alguna majadería, pero la mano alzada de mamá me hizo permanecer callado.
—Todo dependerá de cómo manejemos la convivencia esta semana, y de que acepte participar en algunos de los negocios de la familia, básicamente solo me quieren presente en algunas reuniones con clientes —explicó—, tengo entendido que mañana o pasado tendrán un grupo de personas cuya empresa o sociedad tienen un nombre curioso. Algo no se qué de los Matusalenes... Debí de prestar más atención, lo bueno que tu abuela no está aquí escuchándome, de seguro ya estaría regañandome por despistada.
Mamá siguió hablando pero mi cerebro ya no estaba recibiendo señales externas. Ahora en definitiva deseaba que todo se tratara de un puto sueño.
—Mira, la verdad no sé si esto del río sea de verdad un milagro, pero lo que sí es verdad es que cuando volvamos a casa lo haremos con la incertidumbre de encontrar una carta de aviso de que nuestro seguro caducó. Tampoco pienso esperar a comprobar si estos efectos serán permanentes en Rafa.
Mi cuerpo entero hormigueaba igual a como si un nido de hormigas de plomo corretearan por mis venas.
—Tenemos muchas deudas, Miguel. Tu abuela es la única solución factible que veo en estos momentos —mamá hizo una breve pausa, pensando en que por fin agregaría algo de forma agresiva, pero mi voz se había quedado perdida en algún rincón de mi garganta—. Sé que resulta difícil, tu abuela, tus tíos... Pero creo que es buen momento de superar el pasado.
Es posible que mamá tenga la fuerza, más tomando en cuenta el escenario que acaba de plantear, pero para mí, lo sentía como si me perdiera dejara morir el recuerdo de papá, enterrar sus memorias igual que la policía hizo con su caso y lo clasificó como un presunto desaparecido más. Lo dejaron caer dentro de un profundo abismo de olvido.
Para muchos no permitirte olvidar era visto como un acto de egoísmo, si así fuera el caso entonces aceptó con orgullo que soy la persona más egoísta del mundo.
—Si ya no quieres estar en el comedor puedes ir y dar una vuelta.
—Ya había decidido eso —susurré en voz baja.
Sentí a mamá apretándome el brazo antes de peinar con sus uñas el flequillo de mi cabello.
—Está en mi antigua habitación —dijo de pronto—. El catalejo que me dio tu papá, está entre unas cajas, seguro no tendrás problemas en encontrarlo.
Mis ojos se iluminaron a la vez que mis músculos se reactivaban para prepararse para correr. Se me había olvidado el tema del catalejo.
Apenas mamá soltó su agarre salí escopetado hacia las escaleras sin molestarme en ver si había tomado el pasillo correcto.


